En el afán de comprender el mundo, su estructura y naturaleza, resulta tranquilizador observar como todo confluye a un conjunto de reglas simples. Los árboles, las personas y su comportamiento, los planetas girando alrededor de una estrella. Todo ello, que parece tan lejano y diferente entre sí, se revela como la emergencia de reglas más simples. Todas confluyen y todas se unifican. No necesitamos alarmarnos por el origen de la exquisita complejidad de la vida, de los intrincados caminos y estructuras de la naturaleza. Todo parece surgir de un conjunto de reglas elementales que son además matemáticas, y por tanto, aprehensibles. Algo extraordinario por sí mismo. Visto así, uno tan solo puede maravillarse por la complejidad de la que son capaces las cosas simples cuando éstas se unen y trabajan juntas.

Pero como toda matemática, o como toda la matemática que conocemos o podemos conocer, ésta surge y se cimienta en principios que parecen no salir de ningún lado: los axiomas. Los axiomas no se pueden probar. No parecen surgir de ningún lugar. Así, al final, la máxima cuestión persiste: ¿por qué existe algo en vez de nada? ¿De dónde o cómo surge lo que la matemática misma no puede justificar: su propia existencia? Quizá si lo haga y seamos incapaces de acceder a ese nivel de entendimiento. Quizá no. Lo importante es la existencia misma.
Parece haber aquí un nicho para Dios, pero él no es necesario. Dios, como el principio activo que da origen a la existencia, no lo necesito como explicación. Dios no es obligatorio. Dios, como concepto fruto de la imaginación humana, no lo necesito. No es un recurso obligatorio, aunque una legión se empeñe en decir lo contrario. No agrega ni aporta nada a la cuestión. Nada dice que sea real. Ni siquiera éste misterio. Él no es obligatorio. Solo la existencia misma lo es. Ya está aquí y es lo fascinante. “¿Por qué algo en vez de nada?“ No se necesita agregar más para experimentar el supremo estremecimiento. Recurrir a Dios, al menos para mi, humaniza el asunto y lo degrada. No importa cuán alto, sublime y supremo sea el concepto de Dios empleado. Es lo mismo. Será producto de la imaginación. Será innecesario, gratuito y seguramente equivocado. No hace falta. ¿Por qué apostar al seguro perdedor? La existencia misma y su insondable misterio bastan, no necesitamos nada más, para dejar fluir nuestra más alta y profunda reverencia religiosa. Esa que mantiene al espíritu postrado ante la magnificencia de la realidad. Esa que no conoce el interés, el egoísmo, ni espera la salvación. La que no pide nada ni busca otra recompensa que no sea bañarse en la luz del entendimiento.
