La muerte
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La idea de desaparecer, concebir un mundo futuro donde el yo se halla totalmente ausente, resulta a veces perturbador.
¿No es acaso poderosa la idea de que el todo que yo soy se vuelva nada?
A pesar de su cotidianidad, la inmensa mayoría de la población está anestesiada y ciega a la idea de la muerte. Para ella la muerte no existe. La muerte es solo un paso, dicen. ¿No es acaso evidente que la frase es la desesperada manifestación de un deseo? ¿Quién osaría aniquilarse, cuando al menos podría conservar la posibilidad de matarse?
El creyente en la vida futura no conoce la muerte, no concibe la aniquilación. La palabra está en su mente, pero no el significado. Más que al infierno mismo, lo que el creyente teme es la desaparición. Ésta le sugiere la ausencia de propósito, la carencia de sentido a la que tiene temor metafísico. Es la realización de su más grande pavor.
Lo más interesante: no lo sabe.
Aquél que ha visto como posibilidad real la existencia de la aniquilación no lo olvida jamás. Contrario a lo que parece, es la reafirmación más poderosa concebible de la vida. ¿Qué más puede tener valor sino lo que termina? ¿Qué es más valioso que aquello que puede no ser?
Nuestra sed de absolutos no tolera la idea de lo efímero como real. Si descubrimos que el amor termina, decimos que el amor no existe. Si descubrimos que termina la vida, concluimos que no es vida de verdad.
¿Es que la existencia del último día resta valor al amanecer? ¿No antes lo hace más valioso, en tanto que algún día no será más?
Creyente e incrédulo viven en universos ajenos y disjuntos. Son incompatibles, no se pueden hablar. No se entienden. Las palabras fluyen, pero el significado se pierde en el aire.
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