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20 de noviembre de 2011

Un motivo para la devoción religiosa

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En el afán de comprender el mundo, su estructura y naturaleza, resulta tranquilizador observar como todo confluye a un conjunto de reglas simples. Los árboles, las personas y su comportamiento, los planetas girando alrededor de una estrella. Todo ello, que parece tan lejano y diferente entre sí, se revela como la emergencia de reglas más simples. Todas confluyen y todas se unifican. No necesitamos alarmarnos por el origen de la exquisita complejidad de la vida, de los intrincados caminos y estructuras de la naturaleza. Todo parece surgir de un conjunto de reglas elementales que son además matemáticas, y por tanto, aprehensibles. Algo extraordinario por sí mismo. Visto así, uno tan solo puede maravillarse por la complejidad de la que son capaces las cosas simples cuando éstas se unen y trabajan juntas.

Chica y árbol

Pero como toda matemática, o como toda la matemática que conocemos o podemos conocer, ésta surge y se cimienta en principios que parecen no salir de ningún lado: los axiomas. Los axiomas no se pueden probar. No parecen surgir de ningún lugar. Así, al final, la máxima cuestión persiste: ¿por qué existe algo en vez de nada? ¿De dónde o cómo surge lo que la matemática misma no puede justificar: su propia existencia? Quizá si lo haga y seamos incapaces de acceder a ese nivel de entendimiento. Quizá no. Lo importante es la existencia misma.

Parece haber aquí un nicho para Dios, pero él no es necesario. Dios, como el principio activo que da origen a la existencia, no lo necesito como explicación. Dios no es obligatorio. Dios, como concepto fruto de la imaginación humana, no lo necesito. No es un recurso obligatorio, aunque una legión se empeñe en decir lo contrario. No agrega ni aporta nada a la cuestión. Nada dice que sea real. Ni siquiera éste misterio. Él no es obligatorio. Solo la existencia misma lo es. Ya está aquí y es lo fascinante. “¿Por qué algo en vez de nada?“ No se necesita agregar más para experimentar el supremo estremecimiento. Recurrir a Dios, al menos para mi, humaniza el asunto y lo degrada. No importa cuán alto, sublime y supremo sea el concepto de Dios empleado. Es lo mismo. Será producto de la imaginación. Será innecesario, gratuito y seguramente equivocado. No hace falta. ¿Por qué apostar al seguro perdedor? La existencia misma y su insondable misterio bastan, no necesitamos nada más, para dejar fluir nuestra más alta y profunda reverencia religiosa. Esa que mantiene al espíritu postrado ante la magnificencia de la realidad. Esa que no conoce el interés, el egoísmo, ni espera la salvación. La que no pide nada ni busca otra recompensa que no sea bañarse en la luz del entendimiento.

Chica y sillón

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10 de junio de 2011

Dejando atrás a los dioses (XIV)

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El primer replicador

Replicador

El lector avispado se dará cuenta que hace falta un elemento muy importante para que la acción del principio de replicación sea posible. Como queda descrito en las páginas precedentes, el principio replicador necesita para funcionar, entre otras cosas, un primer replicador. Pero, ¿de dónde surge este fundamental actor?

En el imaginario popular existe la incorrecta idea de que la evolución explica el origen de la vida en la Tierra. No lo hace en el sentido tradicional que la gente otorga a esta frase. Explica la diversidad y complejidad de la vida en la Tierra. Explica la causa que hace a la vida ser como es ahora. No explica su origen per se, por la simple razón de que no se pronuncia para nada sobre el primer replicador, tan solo sobre su desarrollo posterior.

Existe la popular, pero infundada idea, de que la vida inició a partir de una célula primigenia. Esta idea, incorrecta, ha servido de blanco para los críticos de la evolución al argumentar (y con razón), que una célula es algo demasiado complejo para surgir “espontáneamente”. Si dependiéramos de semejante idea estaríamos en serios problemas. Pero no es el caso, y existen explicaciones más plausibles.

Probablemente jamás sabremos a ciencia cierta cuál fue el primer replicador. Su aparición fue un hecho singular muy distante en el tiempo, el cual no podremos ver nunca. Lo que si podemos hacer es indagar e imaginar los mecanismos involucrados en su desarrollo.

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24 de abril de 2011

Dejando atrás a los dioses (XIII)

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Replicación en acción

Árbol de la vida de Darwin

¿Hay algo más que la simple especulación para concluir la existencia del principio de replicación en el mundo natural?

Apuntalar la presencia de este principio nos podría llevar muchos volúmenes, pero va más allá de mis intenciones y no es el propósito de este escrito. Si bien es un hecho científico perfectamente establecido y uno de los mejor respaldados, encuentra una frecuente resistencia, sobre todo en los sectores más conservadores y religiosos.

¿Por qué? Quizá su atrevimiento a pronunciarse sobre algunos de nuestros más profundos interrogantes: ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos? Interrogantes sobre los cuales nos formulamos nuestras propias respuestas, o nos inculcaron otras, desde muy temprana edad. De alguna forma toca algo íntimo y personal: la razón y propósito de nuestra existencia.

La replicación en acción, en toda su aparente banalidad e intrascendencia, parece ser el origen de todo cuanto somos. De nuestra naturaleza. Se muestra como el principio activo del cual surge toda la complejidad biológica conocida. En su elegancia, esta complejidad nos golpea la mente, resultando perturbador por momentos el pensar que sea el producto de un proceso sin guía.

Evidencias del principio de replicación

De forma extraordinariamente breve enumero algunos hechos y evidencias a favor de su existencia:

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