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6 de septiembre de 2010

Dejando atrás a los dioses (VII)

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René Descartes dijo alguna vez:

No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente.

En este caso debo concederle la razón. ¡Todos creemos tener la razón! Todos creemos estar en lo correcto. Y no necesitamos ser genios para darnos cuenta que es imposible que todos la tengamos a la vez, aunque lo sintamos así.

Mano con foco

Lo que uno de nosotros afirma, el otro lo niega. Lo que para alguien es verdad, para otro no lo es. ¿Qué nos motiva a realizar nuestra afirmación o negación en primer lugar? Supongo que es esa sensación de la que habla Descartes. Esa emoción y sentimiento de que llevamos la razón de nuestro lado.

Pero si somos capaces de ver que multitud de personas diferentes experimentan la misma sensación con sus propias ideas, siendo entre ellas opuestas y contradictorias, entonces, deberíamos ser capaces también de notar que dicha sensación poco o nada tiene que ver con la realidad de las afirmaciones que defendemos.

¿No debería ser este hecho un faro de alerta sobre nuestro conocimiento del mundo?

Si todos poseemos la emoción interna de estar en lo correcto, independientemente de que así sea, ¿no debería la revelación de este hecho despertarnos de nuestro letargo condescendiente, para convertirse en la mayor revelación de toda nuestra vida interior?

Lo que ese hecho tan cotidiano y obvio nos señala, muy a nuestro pesar, es que no podemos confiar demasiado en esa sensación de estar en lo correcto que brota de nosotros mismos.

Para mi, es la llave a la humildad intelectual. Debemos dejar a un lado esa infantil tendencia a pensar en nosotros mismos como diferentes a los demás. Y sobre todo, como diferentes a los que piensan diferente a nosotros. Diferentes como superiores, diferentes como mejores.

¿No es fácil reconocer que personas mucho más inteligentes y capaces que nosotros se ven envueltas en debates similares a los nuestros? Hay genios creyentes y genios incrédulos. Aún por accidente, deberíamos preguntarnos alguna vez si nosotros, menos capaces, podríamos resolver el problema, que como conjunto, se les resiste a ellos.

Debe llegar el día donde sepamos que somos nosotros los que podemos estar completamente equivocados. Un día en que no baste convencernos a nosotros mismos de que estamos bien y los demás mal. Pues cada cabeza encontrará “razones” internas para justificar su postura, sin importar cual sea ésta. Sabemos que eso no basta.

Chica en árbol

La realidad va más allá de cualquier postura. La realidad es lo que sucede, lo que ha sucedido y lo que sucederá. Si de verdad queremos que nuestros pensamientos entren en sintonía ella, no podemos tan sólo arbitrar nuestro saber en base a nuestras corazonadas. Debemos ceñirnos a un árbitro externo.

Si nuestro sentimiento no puede usarse como un discriminante para separar las ideas buenas de las que no tienen valor, ¿qué puede usarse entonces? Se me ocurre que podemos comparar nuestras ideas con el mundo exterior, y así saber si funcionan.

Creo que ese árbitro externo es el mundo que nos rodea, y todo lo que él nos pueda decir. Es las pistas que nos envía, y el análisis frío y riguroso de esas pistas. Es lo que trasciende a nuestros deseos y nuestras expectativas. Es el conjunto de las evidencias que nos rodean. No significa que, si no hay evidencia de algo, ese algo no exista. Simplemente que no sabemos si está ahí.

Esto no es materialismo. Es amor. Es devoción. Si Dios es una palabra con algún sentido y significado real, entonces no puedo imaginar una reverencia más sincera y pura a su naturaleza, que la búsqueda y contemplación de lo verdadero. Es el espíritu postrándose ante la magnificencia de la realidad y la existencia. Esta devoción no conoce el interés ni el egoísmo. No espera la salvación. No pide nada ni busca otra recompensa, que no sea bañarse en la luz del entendimiento.

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4 Comentario(s)

Marichu
7 septiembre 2010, 16:36

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Es verdad, todos creemos tener la razón y aunque no siempre tenemos suficientes pruebas nos aferramos a nuestras emociones asumiendo que lo que sentimos es una realidad.

Sebastián
8 septiembre 2010, 13:30

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Impecable reflexión Javier. Siempre he pensado en el refrán : “El corazón tiene razones que la razón desconoce”. No creo que sea así. En el fondo íntimo de cada uno hasta lo “irrazonable” tiene su razón de ser.

Un abrazo

Eleutheria L.
8 octubre 2010, 01:11

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Tienes toda la razón; el camino hacia la humildad intelectual comienza por reconocer que podemos estar equivocados; que la sensación de estar en lo correcto no basta para estarlo. Por otra parte, también es cierto que el elaborar razonamientos para respaldar nuestras afirmaciones –-incluso cuando éstos puedan ser fallidos— llega también a ofrecer sus ventajas: se trata de los ensayos intelectuales que nos permiten o permitirán darnos cuenta de nuestra falibilidad. El peligro es que –-en el camino— uno puede llegar a perderse. Porque es claro que el “razonamiento puro” no aplica igual en todas las actividades del pensamiento y que no se aplica en todas las actividades del pensamiento (¿cómo?); el razonamiento hipotético deductivo para demostrar un teorema en Matemáticas, por ejemplo, puede que no produzca los mismos resultados si lo viertes sobre otras cavilaciones. Quizá la naturaleza del razonamiento sea variable y consustancial o inherente a nuestro objeto de estudio, al motivo de nuestro razonar. Así, no suena tan descabellado pensar en una razón moral, en una razón estética, en una razón pura, en una razón social, qué sé yo.

Ah, este tema es fascinante y me hace perderme en tremendos vericuetos y contradicciones al punto que, al final, termino diciendo (tomo el camino fácil): No creo haber entendido algo; apenas si soy una esteta.

Javier
8 octubre 2010, 14:28

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Eleutheria L.:

Creo que entiendes perfectamente, y tal como dices, es un tema fascinante.

Un abrazo.

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