Dejando atrás a los dioses (VII)
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René Descartes dijo alguna vez:
No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente.
En este caso debo concederle la razón. ¡Todos creemos tener la razón! Todos creemos estar en lo correcto. Y no necesitamos ser genios para darnos cuenta que es imposible que todos la tengamos a la vez, aunque lo sintamos así.

Lo que uno de nosotros afirma, el otro lo niega. Lo que para alguien es verdad, para otro no lo es. ¿Qué nos motiva a realizar nuestra afirmación o negación en primer lugar? Supongo que es esa sensación de la que habla Descartes. Esa emoción y sentimiento de que llevamos la razón de nuestro lado.
Pero si somos capaces de ver que multitud de personas diferentes experimentan la misma sensación con sus propias ideas, siendo entre ellas opuestas y contradictorias, entonces, deberíamos ser capaces también de notar que dicha sensación poco o nada tiene que ver con la realidad de las afirmaciones que defendemos.
¿No debería ser este hecho un faro de alerta sobre nuestro conocimiento del mundo?
Si todos poseemos la emoción interna de estar en lo correcto, independientemente de que así sea, ¿no debería la revelación de este hecho despertarnos de nuestro letargo condescendiente, para convertirse en la mayor revelación de toda nuestra vida interior?
Lo que ese hecho tan cotidiano y obvio nos señala, muy a nuestro pesar, es que no podemos confiar demasiado en esa sensación de estar en lo correcto que brota de nosotros mismos.
Para mi, es la llave a la humildad intelectual. Debemos dejar a un lado esa infantil tendencia a pensar en nosotros mismos como diferentes a los demás. Y sobre todo, como diferentes a los que piensan diferente a nosotros. Diferentes como superiores, diferentes como mejores.
¿No es fácil reconocer que personas mucho más inteligentes y capaces que nosotros se ven envueltas en debates similares a los nuestros? Hay genios creyentes y genios incrédulos. Aún por accidente, deberíamos preguntarnos alguna vez si nosotros, menos capaces, podríamos resolver el problema, que como conjunto, se les resiste a ellos.
Debe llegar el día donde sepamos que somos nosotros los que podemos estar completamente equivocados. Un día en que no baste convencernos a nosotros mismos de que estamos bien y los demás mal. Pues cada cabeza encontrará “razones” internas para justificar su postura, sin importar cual sea ésta. Sabemos que eso no basta.

La realidad va más allá de cualquier postura. La realidad es lo que sucede, lo que ha sucedido y lo que sucederá. Si de verdad queremos que nuestros pensamientos entren en sintonía ella, no podemos tan sólo arbitrar nuestro saber en base a nuestras corazonadas. Debemos ceñirnos a un árbitro externo.
Si nuestro sentimiento no puede usarse como un discriminante para separar las ideas buenas de las que no tienen valor, ¿qué puede usarse entonces? Se me ocurre que podemos comparar nuestras ideas con el mundo exterior, y así saber si funcionan.
Creo que ese árbitro externo es el mundo que nos rodea, y todo lo que él nos pueda decir. Es las pistas que nos envía, y el análisis frío y riguroso de esas pistas. Es lo que trasciende a nuestros deseos y nuestras expectativas. Es el conjunto de las evidencias que nos rodean. No significa que, si no hay evidencia de algo, ese algo no exista. Simplemente que no sabemos si está ahí.
Esto no es materialismo. Es amor. Es devoción. Si Dios es una palabra con algún sentido y significado real, entonces no puedo imaginar una reverencia más sincera y pura a su naturaleza, que la búsqueda y contemplación de lo verdadero. Es el espíritu postrándose ante la magnificencia de la realidad y la existencia. Esta devoción no conoce el interés ni el egoísmo. No espera la salvación. No pide nada ni busca otra recompensa, que no sea bañarse en la luz del entendimiento.
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