Dejando atrás a los dioses (VI)
5 En totalEste artículo pertenece a una serie. Haz clic aquí para ver el índice de la misma.
¿Escéptico?
Hasta ese momento no me había considerado a mi mismo como alguien escéptico. Tan solo me guiaba la curiosidad. Gracias a los medios populares que me rodeaban, la imagen que tenía de los escépticos era la de un grupo de personas con mente cerrada, casi carentes de imaginación o profundidad. Un séquito de individuos empecinados en negar lo evidente. Eran ignorantes, tontos o pagados. ¿Cómo podían negar las constantes evidencias acerca de lo sobrenatural?

Pero como lo mencione anterioriormente, a medida que profundizaba en mis conocimientos sobre esos temas, más evidentes eran los poderosos componentes psicológicos involucrados, y menos espectaculares me resultaban los fenómenos. Me parecían cada vez menos esperanzadores y menos reales.
Soy consciente que es un punto de gran debate y polémica, que quizá toque más adelante. Pero debo adelantar que intenté, tanto como me fue posible, no abordar nada con ideas preconcebidas, procurando ser lo más objetivo posible. Fue una consecuencia natural de mi deseo de saber y no creer.
Visto en retrospectiva, resulta extraño que una indagación en esos temas tuviera mucha relación con el tema religioso. Supongo que forma parte de la búsqueda que cualquiera tendría deseos de emprender a fin de encontrar algo más allá de la realidad mundana. Siempre podría existir algo que confirme nuestras creencias y expectativas, y a nosotros nos gustaría encontrarlo.
No conocí un caso OVNI que fuera más allá de la duda razonable, por el contrario, los casos en conjunto parecían el resultado de un gran fenómeno sociológico. Tampoco vi fantasmas, ni poderes extrasensoriales o fenómenos paranormales, ninguna profecía de verdad, ninguna revelación. Solo vi una enraizada necesidad de creer, historias que se esparcían como los chismes, mezquindad, autoengaño y factores psicológicos, algunos desagradables, sobre nosotros mismos.1
Hablando de OVNIs, siempre llamó mi atención la disparidad entre los investigadores que se mostraban seguros de poseer las evidencias necesarias para afirmar que los extraterrestres nos visitaban, y los investigadores que se resistían a realizar dicha afirmación. Sobre todo aquellos personajes que, convencidos de la presencia extraterrestre en nuestro mundo, poseían la integridad intelectual para reconocer que la prueba aún no existía. Quizá mañana o doblando la esquina, pero no aquí ni ahora. Esto mismo se podía extender a otras áreas de investigación.
Reconocí hermanos y hermanas buscadores de la verdad, cada uno en su propio campo de conocimiento, con sus propios sueños y esperanzas sobre lo que podrían encontrar. Sin importar cuán opuestas fueran sus expectativas, los unía un amor por lo verdadero y una curiosidad que no conocía límite.
Y yo, que crecí convencido de las vistas extraterrestres como un hecho indiscutible, fui tocado por una frase de Carl Sagan que reza así:
A veces creo que hay vida en otros planetas, y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos la conclusión es asombrosa.
Fue una lección de humildad. El reconocimiento de que no sabemos si hay extraterrestres o no, por mucho que nos gustaría poder decir que si, me conmovió profundamente. Además, me abrió a un nuevo mundo, donde las cosas que creemos verdad no tienen que ser ciertas para reconocer que la realidad es asombrosa e increíble por sí misma.
Y así, con el paso del tiempo, sonaba cada vez más como esos antiguos personajes desdeñosos y críticos, los escépticos, capaces de llevar la duda hasta donde es posible hacerlo. Pero ya no los concebía como individuos cerrados carentes de imaginación. Todo lo contrario: eran los más imaginativos, conscientes de la multiplicidad de respuestas posibles a cualquier pregunta. Los que más atención ponían a su ignorancia y los límites de su conocimiento. Los que más cuidado tenían de separar la especulación del saber.
El verdadero aprendizaje nunca estuvo en los fenómenos paranormales ni las visitas extraterrestres. El verdadero legado de todo esto es el conocimiento adquirido sobre nosotros mismos. De nuestra forma de pensar, recordar, de vivir y revivir nuestras experiencias. Nuestros defectos y virtudes. Nuestros sesgos. De como nuestro deseo distorsiona nuestra percepción de la realidad.
Después de esto, fueron largos los días y las noches de meditación, análisis y especulación. De forma natural, todo me condujo a una evaluación de lo que yo creía y pensaba. Descubrí con espanto que sabía mucho menos de lo que yo esperaba saber. Lo que era obvio en un inicio dejo de serlo. Lo que para mi era imposible se volvió probable. Lo rechazado se convirtió en evidente.
Lentamente fui cambiando de opinión. Había construido un gigantesco y hermoso edificio con malos cimientos, que descubrí como la expresión de un deseo.
Fue la primera vez que me enfrente de verdad a la idea de la muerte. Hay un valor en la vida que termina, que jamás podrá entender alguien que se considera eterno. El creyente en la vida futura no conoce la muerte, no concibe la aniquilación. Para él, la muerte no existe. No puede valorar la vida como un bien precioso y escaso. Para él es un manantial que no deja de fluir. Un día no significa, ni puede significar, lo mismo.
La necesidad de Dios

Viajaba en el metro y pensaba en la necesidad de Dios. Dios tenía que ser necesario. ¿Cómo explicar la existencia? Durante mucho tiempo, Dios y existencia fueron sinónimos para mi. Decir que Dios existía resultaba tautológico. Pero también era obvio que, al pensar en Dios, tenía algo más en mente que la simple existencia. Dios daba el sentido y el propósito. La dirección de lo creado. Había un sentido moral difícil de describir. Pensar en todo ello era causa de vértigo.
Solo es cuestión de tiempo reconocer ante uno mismo que la ecuación existencia = Dios no basta para justificarlo, por la simple razón de que el Dios que tenemos en la cabeza es algo más que la simple existencia. Lo consideramos creador, entidad poseedora de la más excelsa de las voluntades. Representa un etéreo y absoluto sentido de la moralidad y el deber. Algunos lo verán como un juez o legislador. Concebimos que hay algo que está bien y algo que está mal. Por añadidura, creemos en nuestra alma y su deseada inmortalidad. Pensamos en el lugar donde se encontrará más allá de la vida terrena, o lo que debemos hacer para seguir las “leyes divinas” o la “voluntad del altísimo”. Todo ello es algo más que la simple existencia.
Bajo esta perspectiva, contemplar la no existencia de Dios, es simplemente perturbador. Es el sentido que le hemos dado a nuestra propia vida lo que está en juego. Así que, mientras viajaba en el metro, solo podía sentir rechazo ante semejante posibilidad. Me decía a mi mismo: Dios no puede no existir, nada tendría sentido. Es imposible. Con el tiempo la frase cambio a: Dios debe existir, de lo contrario las cosas no tendrían sentido. Sería horrible. Hasta que uno termina reconociendo ante sí mismo, que solo defendemos la idea de nuestro Dios, porque nos parece inconcebible, repulsivo, y causa del más profundo de los vacíos, la idea de que no esté ahí y las cosas no tengan razón de ser. Al menos tal y como lo habíamos entendido hasta ese momento.
Nos causa aversión pensar que las cosas simplemente sean, sin creador detrás que las respalde. Dios era aquello que daba sentido a todo lo demás.
Todo es un descubrimiento de uno mismo.
Hay una frase que me gusta mucho:
Si te enseñaran que los duendes causan la lluvia, cada vez que lloviera, verías la evidencia de que los duendes existen.
Es tan simple y profunda. Nos enseña tanto de nuestra forma de pensar. Esta frase es todo lo que se necesita comprender para abandonar la extraña idea de la existencia es igual a Dios. Para entender que es una simple, prosaica y burda trampa mental, que ponemos en nuestro pedestal de los descubrimientos intelectuales.
Después de todo esto, lo demás es historia. Poco a poco, las ideas de Dios que aceptaría como tales, se tornaron incognoscibles en algunos aspectos, absurdas y sin sentido en otros. Y las rechacé.
El porqué es así concierne al desarrollo de los siguientes temas. Pero es evidente que la religión, tal y como es entendida comúnmente, no forma parte de mi psicología.
Comentarios finales
No creo que ese llamado interno que nos conduce a la religión vaya a desaparecer. Pienso que está en nuestra genética, tatuado en nuestra mente. Es como un instinto que no podemos evitar. Sin embargo, creo que lo podemos canalizar de formas más productivas. Ahí, donde hay alguna clase de devoción profunda, sea a la verdad, al conocimiento, a la música, a la ciencia, o nuestros semejantes, hay una clase de sentimiento religioso. Ahí, donde hay una experiencia numinosa, fruto de la contemplación o la meditación, hay un sentimiento religioso. Este sentir no tiene que ser sinónimo de irracionalidad.
Creo, como muchos otros, que los valores fomentados por la religión tradicional, como puede ser la aceptación acrítica de afirmaciones no fundamentadas, son peligrosos. No es que por sí mismos estos valores sean peligrosos, pero los veo como una puerta de entrada a muchos otros males en los ámbitos personal y colectivo. Y es esta la única razón por la cual estoy en contra de sus manifestaciones más comunes.
Creo que el entendimiento es el antídoto a la fantasía y la superstición. La comprensión de nosotros mismos, de nuestro conocimiento y sus limites, es el mejor cadete en contra de las facetas más irracionales de la religión.

Autor: xkcd
1 Puedo adelantar que en esos días conocí a un presunto contactado extraterrestre, compañero cercano de mi padre, que me llevó a vivir en carne propia la experiencia de una supuesta aducción extraterrestre. Pero las lecciones ofrecidas por estas experiencias merecen un trato aparte, y serán desarrolladas más adelante en esta serie de documentos.
Categorías: [Dejando atrás a los dioses] [Ateísmo] :: Enlace permanente
Compartir:
![]()