Dejando atrás a los dioses (V)
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El inicio de una búsqueda
Cuando pensaba en buscar la verdad, venía a mi mente el todo, pero también una extraña mezcla entre la realidad y lo que fervientemente deseaba que fuera cierto: mi visión del mundo.

Autor: El Tekolote
En la novela que había leído existía una cita que influyó poderosamente en mi, terminando por hacerme enamorar de tan demencial empresa:
No midas a nuestro Padre Universal con la vara de los hombres. Ni confundas la religión de la autoridad con la del espíritu. Algún día, todos los mortales comprenderán que sólo la carrera de la experiencia y de la búsqueda personal es digna de la “chispa” divina que os alimenta a cada uno de vosotros. […] al unir sus destinos al de las religiones de la autoridad, pondrán en peligro la sagrada soberanía de sus personalidades, renunciando al derecho a participar en la más apasionante y vivificante de todas las experiencias humanas: la búsqueda personal de la Verdad y todo lo que ello significa […]
Los descubrimientos intelectuales, amigo mío, constituyen siempre una “aventura” y un riesgo. Pero sólo los audaces, los que obedecen a su propio “yo”, están capacitados para enfrentarse a ello. Sólo esos, los auténticos “buscadores” de la Verdad, saben explorar con resolución y sin miedo las realidades de la experiencia religiosa personal. […] Estas victorias, único objetivo de la existencia humana, conducen a un fin: la búsqueda personal de Dios. En verdad, en verdad te digo que todo hombre que se empeñe en esa suprema aventura encontrará a mi Padre, incluso en el desaliento de las dudas. La religión del espíritu significa lucha, conflicto, esfuerzo, amor, fidelidad y progreso. La dogmática, por el contrario, sólo exige de sus fieles una parte ínfima de ese esfuerzo. No olvides, […] que la tradición es un sendero fácil y un refugio seguro para las almas tibias y temerosas, incapaces de afrontar las duras luchas del espíritu y de la incertidumbre. Los hombres de fe viajan siempre por los difíciles océanos, a la búsqueda de nuevos horizontes. Los sumisos se limitan a costear o fondean sus inquietudes al abrigo de puertos limitados, impropios de “navíos” que han sido hechos para audaces y lejanas singladuras.
Mi mente literal hizo el resto.
No está de más decir que, tanto en ese momento como en el pasado, no tenía gran simpatía por la religión organizada. Mis creencias eran tan diferentes a las de cualquier organización que yo conociera, y es tal nuestra resistencia a las ideas contrarias a las propias, que no fue difícil para mi abrazar el concepto de “religión personal”, entendiendo nuestra relación con la divinidad como un ejercicio puramente individual.
Ahora, con la perspectiva del tiempo, me resulta curioso que estas palabras, escritas con el propósito de invitar al lector a realizar la “voluntad del Padre”, terminaran volviéndose en su contra. Para mi la verdad era lo cierto, lo que realmente sucedía. Era los hechos.
Entendidas así, mis creencias eran declaraciones fácticas, pues hacían afirmaciones de verdad, declaraban cosas que tenían que ser realidades.
El nacimiento de una mente crítica
Siempre fui consciente que podría estar equivocado. Era una sensación de intranquilidad siempre presente. No había que ser un genio para darse cuenta que podía ser así. Que podía estar completamente equivocado. ¡Estar completamente equivocado es una espantosa conclusión!
Llegado este punto, comencé a buscar desesperadamente evidencias que respaldaran mis ideas. No importaba dónde: religión, el sudario de Turín, relatos de vida después de la muerte, profecías, Edgar Cayce, astroarqueología, OVNIs, enseñanzas herméticas, New Age, fenómenos paranormales. Obviando las contradicciones, parecían existir cosas prometedoras. Era fácil encontrar algo realmente inquietante.1
Se que muchos no estarán de acuerdo, pero en lo que concernía a demostrar la realidad de lo paranormal y místico, siempre había un punto en que se apelaba a la fe. De múltiples maneras, de forma velada o explícita, existía esa solicitud. Había que dar demasiadas cosas por sentado, más de las que parecía razonable y más de las que podía soportar mi integridad. Tenía que creer que había cosas que solo se pueden aceptar por fe.
Jamás me dejaron satisfecho esas respuestas. En realidad no respondían nada. ¿Y si la fe estaba equivocada? ¡Era exactamente el mismo problema que trataba de evitar! El problema no era una falta de fe. La cantidad de fe que pongamos en algo no hará a ese algo más verdadero. Siempre es posible estar equivocado. Yo quería saber, no creer, la verdad.
Para agravar el problema, lo que había comenzado como una búsqueda sobre la realidad de los fenómenos paranormales o místicos, terminó por ser un ejercicio muy revelador de nuestra psicología. La psicología de nuestra creencia. Nociones e intuiciones que no dejaban bien paradas las expectativas con las que había iniciado la indagación.
¿Por qué no, simplemente, hacer a un lado las dudas y abrazar la fe con todas mis fuerzas? A veces la sugerencia me parecía razonable, después de todo, ¿quién podría, categóricamente, negar la realidad de una fe? Pero jamás pude hacer algo semejante. Siempre significó para mi un acto de indeseable deshonestidad intelectual. Esa fe sería deshonesta, pues se habría conseguido a cambio de sepultar las dudas incómodas, honestas y razonables. Barriéndolas debajo de la alfombra, haríamos como que no están ahí. Pero están. Es como ver a un toro corriendo a toda velocidad en nuestra dirección para, inmediatamente después, voltear la vista, esperando que con esto no choque frontalmente contra nosotros. Es un acto que en realidad da la espalda a la verdad. Ya no es la verdad lo que interesa ahí, es la simple imposición de lo que nos gustaría que fuera la verdad. Y eso no es buscarla. Ahí entendí la frase de Nietzsche: ‘Fe’ significa el deseo de no saber lo que es verdadero.2
Esa aspiración utópica de la verdad me volvió, poco a poco, consciente de la importancia de las evidencias. Si hay una evidencia, y se interpreta correctamente, nuestro conocimiento es algo más que una simple fe. Ya no es una idea arbitraria entre muchas otras. No es un alegato estéril entre dos tipos que creen cosas diferentes. Hay algo más. Es la propia realidad hablándonos. La evidencia es la realidad misma dando pistas acerca de su naturaleza.
¿Esta reflexión hizo cambiar mis creencias? No. En realidad, ni siquiera pensaba en esos términos. Sin embargo, buscar una evidencia, una razón o indicio que nos diga si vamos por el camino correcto, es un reconocimiento tácito de que las evidencias son importantes. Es lo que hacen quienes están empeñados en demostrar la autenticidad del Sudario de Turín intentando apuntalar su creencia cristiana, o los que se esfuerzan por recordarnos las supuestas imágenes que se encuentran en los ojos de la Virgen de Guadalupe. Es un intento, quizá tibio o supersticioso, de encontrar un indicio de que aquello en lo que se cree, no es simple ilusión.
Hubo una pequeña anécdota que me hizo reflexionar profundamente sobre la naturaleza de nuestros conocimientos. Fue la siguiente:
Hace muchas décadas, en una cena, se pidió al físico Robert W. Wood que respondiera al brindis: “Por la física y la metafísica.” Por “metafísica” se entendía entonces algo así como la filosofía, o verdades que uno puede reconocer sólo pensando en ellas. También podían haber incluido la pseudociencia.
Wood respondió aproximadamente de esta guisa: El físico tiene una idea. Cuanto más piensa en ella, más sentido le parece que tiene. Consulta la literatura científica. Cuanto más lee, más prometedora le parece la idea. Con esta preparación va al laboratorio y concibe un experimento para comprobarlo. El experimento es trabajoso. Se comprueban muchas posibilidades. Se afina la precisión de la medición, se reducen los márgenes de error. Deja que los casos sigan su curso. Se concentra sólo en lo que le enseña el experimento. Al final de todo su trabajo, después de una minuciosa experimentación, se encuentra con que la idea no tiene valor. Así, el físico la descarta, libera su mente de la confusión del error y pasa a otra cosa.
La diferencia entre física y metafísica, concluyó Wood mientras levantaba su vaso, no es que los practicantes de una sean más inteligentes que los de la otra. La diferencia es que la metafísica no tiene laboratorio.
Quizá más adelante profundice en la lección de esta anécdota. Por ahora me limitaré a decir que, poco a poco, fui entendiendo algo sobre las evidencias que resultaba más profundo de lo que había imaginado en un inicio. Para justificar aquellas cosas en las que yo creía, pero que no se podía tener acceso, seguía el cliché de pensar que hay más que aquello que se puede “ver y tocar”. Seguramente hay cosas por ahí que no se pueden “ver y tocar”. El reconocimiento de su posible existencia decía que mis creencias no estaban refutadas, pero resultaba un tormento reconocer ante mi mismo que eso no era en lo absoluto un punto a su favor. La pregunta que tarde o temprano terminé por hacerme fue: ¿Por qué esas cosas que no se pueden ver ni tocar tienen que ser precisamente las que yo creo que son?
Lentamente, comencé a tomar conciencia que tener una mente crítica, deseosa de encontrar la verdad de las cosas significa, paradójicamente, reconocer ante todo que se puede estar equivocado, renunciando a la aspiración de saber cualquier cosa con seguridad. Pues la crítica solo puede iniciar con uno mismo.
1 Como lo he mencionado con anterioridad, el más fundamentalista estará tentado a atribuir mi “mal camino” al desapego, o poca atención, que presto a su fe particular. Si conocieras la verdadera fe, y no imitaciones baratas que te llevan al engaño, no te habrías alejado de Dios como parece que ha sucedido. Razonar con una mentalidad así es imposible, por lo que me abstendré de hacer comentarios destinados estrellarse contra una piedra.
2 En el ambiente flota la idea de que la fe no es simplemente una creencia injustificada. Sino que es la expresión de una revelación interior, que nace de un reconocimiento de la verdad cuando se presenta delante de nosotros, quizá de una forma que va más allá de la razón. Estos matices tan interesantes, y otros presentados por la apologética al problema de la fe, son temas dignos de ser tratados independientemente, y lo serán más adelante, en esta misma serie de documentos.
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