Dejando atrás a los dioses (IV)
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La revolución
A mis 12 años leí una novela religiosa. Ésta cambió profundamente mis concepciones de la divinidad, creando un pensamiento que me dominaría varios años. Dios se convirtió en amor, padre, y causa primera de todas las cosas. Todo me parecía muy claro. Sentía que se habían ampliado mis horizontes. Tal vez por mis lecturas, me veía impelido a recurrir lo menos posible a hechos fantásticos para explicar la existencia de la vida o el hombre. Pensaba que Dios había creado el Universo y todas sus leyes, de tal forma y con tal perfección, que una vez creado, solo lo dejó seguir su camino. Las leyes de la naturaleza dictadas por Dios habrían creado las galaxias, las estrellas y los planetas. Los procesos de la evolución biológica bastaban para explicar el origen de la vida y el hombre. Aunque también creía en la existencia de una “chispa divina del Padre” que moraba en cada uno de nosotros. Un trozo de su espíritu, que sería causa y razón de nuestra conciencia. Entendía a eso como el verdadero significado de la frase a su imagen y semejanza1.

Comencé a pensar en el significado de palabras como omnisciente, omnipotente y perfecto. Dios tenía que tener esos atributos si quería que mi idea del Universo tuviera sentido. No se podían establecer las leyes del Universo desde el principio, esperando que todo saliera como se había planeado, si no se tenían esos atributos.
Me di cuenta que asociar esos conceptos a Dios implicaba decir que Él no podía tener enemigos. Decir que los podía tener era no entender a Dios, era como decir que una parte de la creación se le había ido de las manos. Era decir que lo todopoderoso no era todopoderoso. Resultaría absurdo y contradictorio. No se podía ser omnisciente, omnipotente y perfecto, y al mismo tiempo tener un desafiante “real”. Él era lo que no tenía exterior ni más allá. El absoluto. El principio y el fin2. ¿Qué clase de Dios sería si pudiera existir algo por encima de Él?
Al concebir la creación, me molestaba sobremanera la idea de un Dios dando pases mágicos para crear al Universo. La idea de que “algo” se tuvo que cambiar por obra y gracia de Dios para que el Universo existiera, me parecía chocante. Así que no tenía ningún problema al concebir la idea de un Universo que hubiera existido por siempre. Es decir, que tuviera una existencia infinita hacia el pasado. Un Universo así no tendría porque haber sido creado, ¿cierto? Pero también sucedía que un entendimiento de la palabra creación como algo que sucede en algún lugar del espacio y el tiempo me parecía, simplemente, una demostración de falta de perspicacia. Para mi, la creación implicaba la generación del espacio y el tiempo mismos. Por lógica, no podía suceder en algún momento o lugar3. Tan solo había que creer que Dios era capaz de crear cosas infinitas, y el tiempo infinito hacia el pasado y el futuro sería fácil de concebir. Dios era algo que actuaba más allá del tiempo y el espacio.
La creación era algo que simplemente era. No podría explicarlo de otra manera. Simplemente era. No había sucedido en ningún lugar ni en ningún momento. Era más como un sostén de la realidad misma. No era un acto que hubiera sucedido o que sucediera. Era un armazón, un esqueleto, que sostenía la existencia misma. Era tan precavido, que jamás asocié la creación con la Teoría del Big Bang. Resultaba fácil pensar que el Big Bang y el universo que conocemos fueran solo una pequeña parte de un Universo más grande. Me resultaba más sencillo pensar que el universo, tal y como nosotros lo vemos, era solo una parte de una creación más grande y completa. Incluyendo al Big Bang y su espacio-tiempo particular.
Concebía a Dios, al absoluto, la perfección y al todo, como la misma cosa. A partir de estos principios, solo era cuestión de seguir sus implicaciones. Era eterna, inmutable y estática4. No podía concebir un estado cambiante de Dios, la perfección o el todo. Y la razón era sencilla: de ser móvil ya no sería el todo, pues no podría incluir en sí los cambios de sí mismo. De semejantes pensamientos se concluía que el Universo, entendido como la totalidad, era un producto terminado. El pasado y el futuro eran coexistentes. El paso del tiempo una noción ilusoria. La creación era un conjunto de elementos eterno y estático. Algo perfectamente armado y concebido. Era el Universo y no podía ser de otra forma. Inmutable.

Estatua
Foto: Frederic Poirot
Esta visión del mundo dominaba todo mi juicio. Se mantenían mis creencias místicas de antaño, aunque las veía con un enfoque totalmente diferente. Por ejemplo: la astrología. Mi amor por el espacio me hacía ver con claridad que los planetas no ejercían ninguna influencia sobre nosotros. No salen “rayos”, “vibraciones”, ni “energía” alguna de ellos que definan nuestra personalidad. En vez de eso, los concebía como un “espejo” o “reflejo” de lo que pasaba aquí abajo. Entendía que el Universo era más una “escultura inmutable” que una “maquinaria”.
Los fenómenos adivinatorios no eran otra cosa que una parte del Universo (el proceso adivinatorio) “reflejando” otra parte del mismo situada en el futuro (el suceso por adivinar). Señalaban lo que siempre había estado ahí, lo inmutable. Y todo, sin necesidad de existir algún vínculo de causa-efecto entre las partes. ¿Y por qué todo funcionaba así? Simplemente porque Dios así lo había concebido. No había necesidad de relaciones de causa y efecto. Solo eran. La perfección de lo creado iba más allá de lo concebible.
Mi tiempo se consagro a dar sentido a todas esas ideas. A evitar las contradicciones. A volver mis creencias compatibles con los hechos de la ciencia. Siempre tuve claro que mis creencias no debían ir en contra de los hechos.
A veces tenía ideas reveladoras que llegaban de repente y que resultaban inspiradoras. El esfuerzo por volver coherente mi modelo del mundo con los hechos, convirtió mi cuerpo de creencias en algo bastante sofisticado. Hubo un momento en que, en mi arrogancia, pensé que era invulnerable e irrefutable. Lo armé para que esquivara toda objeción. Era muy circular. Se explicaba a sí mismo. Me parecía que tenía que ser verdad forzosamente.
En ese momento, para mi Dios era la totalidad y la realidad, por consiguiente, la verdad. Yo entendía que la verdad es la realidad, y una búsqueda de la misma era una búsqueda de Dios.
Algunos se concentran en la mística, otros en la belleza, otros más en el amor. Yo me concentré en la verdad. La más pretenciosa de todas las búsquedas.
1 En realidad la cita bíblica dice: […] a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza[…], en plural. Esto ha hecho a muchos creyentes en los OVNIs conjeturar que tenemos un origen extraterrestre, porque Dios es uno y los extraterrestres muchos (sic). Hablando más en serio, se suele dar como explicación de este plural una referencia a la existencia trina de Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Si bien este concepto nace mucho después.
2 Apocalipsis 1.8: Yo soy el Alfa y el Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso y 22.13: Yo soy el Alfa y el Omega, el principio y el fin, el primero y el último
3 Existe un paralelismo con la idea de la Gran Explosión. Debido a su desafortunado nombre, el público se ve tentado a imaginar una explosión como dicho acontecimiento, pero no es para nada eso. La lectura tradicional es la generación del espacio y el tiempo mismos, y estrictamente hablando, no se puede decir que haya sucedido en algún “lugar” o “momento”. No podemos tomar una nave espacial y dirigirnos al punto donde ocurrió. Esa posibilidad no tiene sentido alguno.
4 Nótese el femenino. Dios no era humano, así que referirse a él como macho o hembra no hacía diferencia alguna.
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