Dejando atrás a los dioses (III)
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Mis primeros años

Nací en medio de una familia mexicana y, como es usual, la religión dominante fue la católica, una de las más importantes ramas del cristianismo. Los dogmas principales ya los conocemos: Dios y la trinidad, los diez mandamientos, el pecado, el cielo, el infierno, Satán, la comunión, la virgen, el amor divino, etc. Mi núcleo familiar no era muy tradicional. Un ejemplo: aún cuando la Virgen de Guadalupe es un icono importante en México, mi familia jamás fue guadalupana. En vez de ello, fue seducida por nociones ocultistas y espiritistas, que en general, son modelos religiosos más flexibles y, si se me permite decirlo, “sensatos”1.
Vi a las ideas tradicionales católicas caminar a un costado de los conceptos paganos espiritistas y tomarse de la mano sin conflictos de importancia. En mi casa no había ningún problema en creer en la reencarnación, cosa que el catolicismo tradicional niega. Si por alguna razón se daba un conflicto entre ambas corrientes, se solía dar por buena la explicación ocultista. Nunca de forma explícita. Simplemente se asumía. El ocultismo de mi familia fue siempre de gran influencia cristiana. Así que no había peligro en quitarle a Jesús su estatuto de segunda persona de la trinidad. Las artes adivinatorias, como el tarot o la astrología, eran percibidas por mí como cosas de lo más normal y natural. Así las viví y así las aprendí de pequeño. Fue tiempo después cuando supe que las corrientes católicas más conservadoras no veían con buenos ojos dichas prácticas.
Mis padres nunca fueron rígidos en sus conceptos religiosos. Creo que eran muy abiertos y flexibles, aunque no tanto como para plantearse con seriedad la no-existencia de Dios. Dios se daba por sentado y todo se trataba de cómo estaba ese asunto de Dios.
La facilidad con que se dejaban a un lado dogmas centrales del catolicismo evitó que se creara en mi mente un concepto de infalibilidad eclesiástica. Los sacerdotes podían estar y estaban equivocados. No había una autoridad clara que representara la parte espiritista. Eso fomentó un ambiente de libre especulación religiosa.

Autor: Alex RVD
En una época donde contemplar una puesta de sol me hacía imaginar al astro rey sumergiéndose bajo las aguas, ocultándose de nuestra mirada hasta el día siguiente, mi padre me dijo que el mundo era redondo, como una pelota, y que en realidad daba la vuelta al sol. Recuerdo con gran intensidad que me costaba trabajo creerlo, pero al mismo tiempo, la gran fe que tenía a mi padre me hacía aceptarlo. Recuerdo el horizonte dibujado por el océano pacífico que contemplaba en nuestras vacaciones. Siempre me pareció un mundo plano. ¡Si era redondo tenía que ser inmenso! Solo pude caer rendido ante tan fascinante hecho. Me costaba trabajo imaginar gente, muy lejos de aquí, que estuviera parada de cabeza. Creo que estimuló mi imaginación de tal manera, que me dejó con ganas de entender más el mundo. Tuve la increíble fortuna de tener un padre curioso, así que al formularle preguntas, él siempre se tomaba la molestia de intentar explicarme cómo funcionaban las cosas. Casi nunca le entendía, pero el hecho de que hablara significaba que la explicación existía. Aunque no lo comprendiera, había un porqué. Siempre había uno. Por supuesto que un niño no piensa en estos términos, pero ahí entendí implícitamente que la falta de una explicación es una cuestión de ignorancia o incomprensión.
Mis padres dejaron al alcance de mi mano enciclopedias y libros con muchas ilustraciones, que tarde o temprano terminé consultando. Con ellos me enamoré de los planetas y el espacio. Fue en esos días cuando conocí la inspiradora frase de Konstantin E. Tsiolkovski: Los imposibles de hoy serán posibles mañana. Supe del proyecto Dédalo, un plan para construir una nave espacial que pudiera viajar a la “cercana” estrella Barnard. Recuerdo mucho un libro dedicado enteramente a la concepción, gestación y nacimiento de un niño.
Desde el sexo a las estrellas, o las 7 maravillas del mundo, nada tenía aire de misterio o morbo. Todo era natural y accesible. Apenas si podía leer, tendría 5 o 6 años, pero absorbí esos conocimientos como una esponja. A veces me convenzo a mi mismo que el poco bagaje cultural que poseo proviene de esos años.
En mis libros leía sobre el origen del hombre, de la evolución de las especies. De Darwin. De mi abuela conocí la historia de Adán y Eva, la serpiente, el árbol del conocimiento. No sabía como entender eso. ¿Adán y Eva eran los primeros hombres después del mono? ¿Era una fábula? Supongo que me incline por esta última explicación, ya que no recuerdo haber creído realmente la historia del hombre creado del barro. Imagino que me pareció demasiado fantástica para tomarla de forma literal.
Vivía pensando que todos sabían cuáles eran los planetas del sistema solar, que la evolución era un hecho plenamente aceptado, o que era de dominio público que la velocidad de la luz es una constante. Años después me decepcionaría gradualmente al darme cuenta de que no era así.
En mi niñez y los albores de mi adolescencia me gustaba mucho la serie de películas Volver al futuro. Ese gusto fue decisivo en el nacimiento de una de mis más grandes obsesiones intelectuales: la naturaleza del tiempo. Me gustaba pensar en una máquina que pudiera viajar en el tiempo, y también imaginarme a mi mismo como el inventor de dicha máquina. Recuerdo que estando solo en mi casa, me paraba frente al marco de una puerta, me “concentraba” de alguna forma en el momento, y entonces avanzaba muy lentamente hacia adelante. Cuando estaba bajo el marco solo podía sentir fascinación por “aquello” que había pasado entre el antes, cuando estaba parado atrás, y el después, cuando estaba ahí debajo. ¿Qué era? ¿Cuál era la naturaleza del tiempo?

Marty, el Doc, y la máquina del tiempo de Volver al futuro.
Para mis 11 años, Dios era algo que estaba ahí. Creador de todo. Era bueno. Aunque no se dejaba ver mucho. En realidad no se veía nada. No iba a misa. Creo que me había quedado claro que la iglesia estaba mal en algo. Aunque me preguntaba si para llegar a Dios había que pasar por ella. A fin de cuentas, era la Iglesia.
1 Aquí es donde algunos conservadores dirán que está el problema. ¿Cómo podría conocer a Dios si de entrada me desvío de su palabra original dada por revelación?
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