Dejando atrás a los dioses (II)
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Capítulo 1:
La evolución de mi pensamiento religioso

Realmente, si quiero resumir mi actitud hacia la cuestión de Dios, es esta: Por todo lo que sé, la definición de Dios es “lo que la mente humana no puede entender”. Siendo una racionalista, de mente literal, y creyendo que es una obligación moral el creer realmente lo que uno dice, tomo literalmente la palabra a los que dan esta definición, estoy de acuerdo con ellos y les obedezco: No lo entiendo.
Ayn Rand
El conflicto entre razón y fe, entre incredulidad y creencia religiosa, no acapara el interés de la población. Al menos la parte del conflicto dirigida a las grandes masas. No creo que el común de las personas se sienta representada en tal batalla.
De cara al gran público, lo que vemos hoy día parece ser una defensa por la ciencia, al menos, donde las afirmaciones científicas chocan frontalmente con el dogma religioso tradicional. Así, podemos encontrar a Richard Dawkins defendiendo la teoría de la evolución ante el creacionismo científico o el literalismo bíblico. O bien a George Carlin y Bill Maher, ambos comediantes, mostrando lo absurdas que pueden llegar a ser las visiones religiosas más tradicionales y fundamentalistas.
Las posturas expuestas en esta visión del conflicto no representan al sector de la población que no es literalista bíblico o creacionista, a pesar de ser creyente. Sin embargo, el fundamentalismo que ellos atacan con frecuencia no debe tomarse a la ligera, porque ejerce gran influencia en la sociedad; al menos aquella donde se centra gran parte de su trabajo y se libran grandes batallas sobre que teoría de la vida enseñar a los niños en la escuela.
Considero que es deseable la existencia de este enfoque contrario al fundamentalismo. Cumple una función social importante, al servir de freno y contención ante las más radicales expresiones del fanatismo religioso. Pero hay un sector importante de la población, tanto creyente como no-creyente, que no se siente identificada con estas visiones religiosas ni de sus correspondientes contra-ataques, lo que resta impacto a la influencia de este debate.
Para el creyente testigo casual de estas manifestaciones, el agnóstico o ateo puede ser un bobo carente de imaginación y profundidad, incapaz de comprender que la religión no está restringida por los límites tradicionales impuestos por el cristianismo, o cualquier otra de las grandes religiones. Para el no-creyente, el devoto quizá aparente ser un despistado, crédulo e irracional. Pero nosotros sabemos que ninguna de estas dos asunciones se cumple necesariamente.
Abordar la problemática desde una perspectiva más incluyente resulta difícil. ¡Vaya si resulta difícil! Con frecuencia, los propios creyentes no se ponen de acuerdo por simples cambios de matiz en sus apreciaciones. ¿Cómo se podría generalizar, digamos, un concepto de Dios con el que todos estén de acuerdo?
Dios es un tema de tal envergadura, que intentar dibujarlo aquí del todo sería imposible. Es tan dinámico y tan variado como todas las mentes del mundo juntas. Hay conceptos de Dios prosaicos, así como también muy profundos y sublimes, al menos en un sentido muy artístico, místico y emocional.
Resulta muy difícil hacer afirmaciones generales sobre la creencia en Dios, salvo que nos ciñamos a un sistema de creencias en particular. Al ser esta una sociedad de influencia cristiana, el público se ve tentado a concebir a Jesús, al amor divino, al alma inmortal o al pecado, como objetos irreductibles de la religión. No es así. Existen religiones sin Jesús, y no es difícil hacer especulaciones religiosas sin amor divino, inmortalidad, o el tradicional significado del pecado.
He resuelto que la mejor forma de dar a entender mi pensamiento religioso es comenzar por describir, muy brevemente y de forma cronológica, su evolución.
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